[dropcap letter=”D” shape=”square”]espués de varios días me decido emprender un diario de viajes. Mi grabadora se fundió el año pasado después de pasar por el agua salada. Así que al no tener impresiones sonoras de las que pueda llevarme sonidos claros, decidí llevarme impresiones y huellas de los lugares que voy visitando.[/dropcap]

Estoy en Berlín, es domingo, el sol sale casi tímido después de una fuerte nevada. Los domingos son los días más sonoramente activos en Berlín, estoy a unas cuadras de la plaza Mariannenplatz cuya iglesia llama a la ceremonia a las 10 de la mañana, las campanadas son tan fuertes a esta hora que no hay manera de no prestarle atención, los pájaros (cuervos negros de esos de las películas de Hitchcock) salen en parvada ante el sonido insistente de la campana.

Mariannenplatz en invierno, Berlín 1929

Mariannenplatz en invierno, Berlín 1929

Otro sonido peculiar aquí es el de los timbres de las bicicletas, bocinas antiguas de metal que salen al encuentro de cualquier peatón desprevenido que se atreve a caminar por la vereda sin dar el apropiado paso a las bicicletas.

El metro tiene sus sonidos casi silenciosos, es un metro vacío en comparación al de otras ciudades en las que he estado, es un metro deshabitado, silencioso a todas horas, solemne.

El clima invernal llama a una especie de agua/lluvia previa a la nevada que por las noches es un sonido suave y ensordecedor a la vez que penetra en cualquiera de mis sueños, se asemeja al sonido de grandes ventiscas pero cuando uno sale a mirar por la ventana todo es tranquilidad. En el exacto momento en el que nieva parece quedar todo estático, no hay ruido alguno, ni viento, el tiempo incluso se detiene. Es extraña esa sensación.

El sonido del camión de la basura es grande y poderoso pero cuando uno se asoma a verlo se encuentra con un camioncito tan pequeño que uno no puede sino preguntarse dónde ha quedado el resto del camión que produce tal estruendo.

Otro sonido que puebla mis días en Berlín es el de la cafetera, al parecer la única cafetera en donde el agua hierve a más de 100° sonoramente.

Por las noches se escuchan algunas voces, gritos sueltos pero casi callados, los alemanes no son ruidosos en sí pero confieren al ruido festivales de todas clases y colores.

Mis oídos descansan, no tengo celular, ni ipod para escuchar música, ni música en mi computadora.

El ejercicio de estar escuchando únicamente lo que sucede a mi alrededor, es inmensamente rico; sobre todo para personas que trabajamos con sonido y que siempre estamos con los auriculares puestos por algún motivo.

Extraño mi grabadorcita, pero agradezco profundamente este tiempo sonoro que no trato de atrapar, del que no tendré registro alguno sino tan sólo impresiones. Hace más de 10 años que no me pasaba esto, siempre viajé con la grabadora a cuestas. Hay una inexplicable magia en la fugacidad de los sonidos.

 

Mariannenplatz, Berlín 1912

 

Foto de portada: Daniel Iván – Berlín – 2015