“… there is always more to be learned, and always some unexpected outcome takes us by surprise…”
P. Schaeffer – In the search of Concrete Music.

[dropcap letter=”N” shape=”square”]unca pensé que en -hacer que se escapen los sonidos- había un arte; siempre me enseñaron (nos enseñan todo el tiempo) que el arte radica en atrapar los sonidos; en registrarlos, en enjaularlos.[/dropcap]

El hombre lo registra todo para la posteridad del mundo que habita hoy y que ya no habitará mañana con la esperanza de que una parte de él lo siga habitando.

Pero se me rompió la grabadora mientras practicaba el arte de atrapar sonidos en medio del océano. Se ahogó en sales que siguen teniendo la fuerza de carcomer el mundo, aún el mundo más digitalizado. Lo cual es poéticamente hermoso.

De pronto mis oídos se deshicieron del trabajo y empezaron a ejercer su fin primero: el de concentrarse y escuchar, sin juzgar, sin entender, sin grabar, sin restricción alguna. Más de 10 años sin cumplir esta función como única función.
Es extraño como puede cambiar la mente respecto al sonido en 10 años; más de 10 años ejerciendo el mismo trabajo. Hay una desazón, hay un reproche de ella hacia mis oídos y mis manos que no cargan la grabadora, una angustia.

Hoy fue particularmente interesante la experiencia. Están cayendo escombros encima de mi casa; los sonidos vecinos se deshacen en sonidos diminutos y grotescos. Ruedan, se paran, se abandonan, se levantan como el polvo. Mi mente lo primero que hace es ir en busca de la grabadora; me hace a mí ir por la grabadora rota guardada en un cajón. Mi mente y yo sabemos que no funciona pero instintivamente la encendemos y la probamos para corroborar que no ocurrió ningún milagro; que no aparecieron pequeñas y diminutas gentes de ojos rasgados a arreglar nuestra grabadora que descansaba en un cajón.

Mi mente me reclama no grabar este sonido del rodar de los escombros, me angustia con su pedido, se angustia ella misma; hasta que encuentra a mis oídos asomados al balcón, con una sonrisa de oreja a oreja (nunca mejor oración para una explicación como esta). Es que yo misma escribí artículos y prediqué en voz alta el arte de grabar sonidos como un “arte” del que uno debe sentirse orgulloso. Yo misma emprendí diarios de sonidos, acumulé lluvias, calles, voces, vientos.

Hablo en pasado. Sí. No porque no lo vuelva a hacer sino porque el impedimento de hacerlo ahora, en este mismo instante, no me deja pensar en un futuro inmediato. La experiencia de este instante en el que caen escombros sobre mi cabeza y ese vidrio se quiebra con una resonancia armónica; ES-CU-CHAR el INSTANTE. No me permite pensar en el futuro.

Mis oídos tienen esa sonrisa de oreja a oreja, es de esas sonrisas que no podemos ocultar; como si tuviésemos tensores en las mejillas.

Mi mente piensa en los ejercicios realizados todos los días en los cuales mis oídos tienen un tiempo para escuchar, mi mente piensa en que yo no escucho música mientras trabajo porque no puedo hacer más de dos cosas a la vez; la música como cualquier otros sonido para mí necesita de una atención particular.

(Yo no soy una persona particularmente atenta, mucho menos sociable; pero si usted emite algún sonido sepa que tendrá toda mi atención; lo que no infiere de ningún modo que yo deba o quiera hacer otro sonido para contestarle) Nota aparte.

:-No es lo mismo! Contestan al unísono mis oídos. :- el impedimento de grabar estos sonidos es lo que nos hace sonreír, escucharlos con más placer.

Hay un impedimento que te impide a ti, estúpida-mente grabar estos sonidos como quisieras, para la posteridad; hay un impedimento que te impide consagrar el rol que te es asignado a la supervivencia más allá de la muerte, a sobre existir, a la inmortalidad. Eso a nosotros (las demás órganos del cuerpo) nos hace sonreír. Tu confusión nos hace sonreír.

Acaricio mis oídos porque mi corazón lo requiere. Qué estupidez!. Qué sensación tan linda!.