“Como ves, la imaginación requiere del ocio: una feliz haraganería, larga e ineficiente, un perder el tiempo perezosamente.” Brenda Ueland1

[dropcap letter=”H” shape=”square”]oy me puse a pensar qué es lo que me gusta del sonido.[/dropcap]

Por alguna extraña razón vengo hablando del fenómeno sonoro desde que tengo 18 años cuando entré a trabajar en radio; no perdón desde que tengo 10 años y mi padre me explicaba y me hacía escuchar cómo estaban sentados los músicos de una orquesta desde el diagrama que venía en los discos vinilo de música clásica, no perdón desde que tengo 7 años y por la tarde, con una amiga del colegio, llegábamos a mi casa y jugábamos a ser locutoras y musicalizar el programa de radio imaginario (ella era locutora y yo musicalizaba). Pido perdón nuevamente recuerdo que a los 6 años mi prima me prestaba a regañadientes su grabadora de mano para hacer entrevistas sin que la gente se diese cuenta (todavía existe una grabación con mi voz chillona de esa época haciéndole una catarata de preguntas a mi padre). No puedo ir mucho más atrás en mi memoria de los 5 años para abajo, los recuerdos son demasiado entre mezclados.

Hace mucho tiempo que hablo acerca del sonido. Hay días en que me parece demasiado tiempo; el fenómeno sonoro se convierte en trabajo, en dialéctica, en discurso, en armado y desarmado, en engranaje, en factores.

El sonido se convierte en audio, en una catarata de enseñanzas y aprendizajes. El sonido se convierte en números y palabras, en libros, en personajes relevantes, en nombres, en años, en tecnología.

Entonces es cuando el sonido pierde esa espontaneidad que lo caracteriza. Lo discos que tengo que escuchar por trabajo, los libros que tengo que leer por trabajo, el script que tengo que revisar para el diseño de sonido, las grabaciones que debo, la composición, etc.

No es una queja, aunque cuando uno aclara estas cosas siempre queda como un imbécil.

Es que hay días como hoy que me pica la oreja, que no quiero hablar de los sonidos sino que necesito que ellos me hablen a mí. Hay días en que hay que parar y hoy; es uno de esos días.

Vivo en un pueblo pequeño, no vivo en la ciudad, trabajo por cuenta propia, de forma independiente. Eso (todo el conjunto) aunque parezca idílico, tranquilo, un remanso; no lo es. La responsabilidad es el doble, qué digo el triple que cuando trabajo para o en, o cuando vivía en tal lugar, cuando tenía horarios más estrictos, entradas y salidas, etc. Muchos conocerán de lo que hablo.

Por eso cuando me pica la oreja, trato de imponerme un alto, de mirar por la ventana.

Ahora se está yendo la tarde, las últimas luces del sol golpean de lleno las hojas de los árboles, una ardilla pasa corriendo de rama en rama. Sí, por momentos es un hermoso paisaje. Se transforma en algo hermoso cuando uno se detiene a mirarlo, sino simplemente está ahí y pasa. Un instante.

Cuando me pica la oreja dejo de escuchar “lo que debo” y me pongo a escuchar cualquier cosa. Sí, cualquier cosa no importa qué, doy vueltas entre los sonidos. Me pongo a buscar algo que me conecte nuevamente con el sonido, con ese significado que tiene el sonido, con eso que me gusta de él.

Puede ser el paisaje sonoro circundante, eso que llaman silencio, puede ser música o simpemente escuchar hablar a alguien.

Una escucha sin objetivos claros, una escucha sin objetivos, no se baila, no se aprende, no se piensa sólo se escucha y se disfruta de eso que se escucha.

No me lo propongo como un ejercicio porque no lo es, en todo caso es una necesidad. Me pica la oreja y la rasco, levanto mi mano hasta ella y rasco.

Me obligo a no decir nada de los sonidos, absolutamente nada.

Creo que esto siempre es la parte más difícil, decir cosas de las cosas es uno de los aprendizajes más fuertes de mi generación, nos han formado para eso. Desde la tecnología de las comunicaciones, hasta nuestros padres enseñándonos a revelarnos contra la autoridad de turno.

Si uno hace un poco de memoria recuerda que en el colegio aunque nos enseñaban a leer primero que a escribir (o casi al unísono), nadie nos enseñó a callar. La cuestión del sujeto y el predicado, de identificar al sujeto y describir la acción que hacía el sujeto siempre fue más importante que el simple hecho de dejarlo pasar.

En la adolescencia todo eso se derrumbó, uno pasaba horas, días , semanas, encerrado escuchando; nada más que escuchando, no importaba qué podía ser desde un disco de Piazzolla hasta un disco de Nirvana o de chino mandarín. La habitación aborrecía de olor a encierro y eso que no fumaba. No entraba nadie, ni salía nadie, uno dormía con música en sus auriculares y se despertaba con ella, de vez en cuando escribía las paredes o abría algún libro. Escuchar sin pedir nada a cambio, quizás no hay nada más revelador que eso. No hay revolución interna más profunda.

Mi mente prejuiciosa (estuvo así toda la semana) me dice que no estoy diciendo nada, que sea clara, que tenga objetivos. Pero no, no lo soy, no lo voy a hacer hoy y quizás tampoco mañana. Invito a quienes lean estas líneas a revelarse un poco de lo que estén haciendo, empujen como quien empuja un plato cuando ya se siente satisfecho. Abran cualquier sonido y siéntense a escuchar cualquier cosa, déjense llevar por lo que escuchan.

Esto no es un ejercicio es simplemente revelarse a que la semana tenga siete días (que no los tiene) y que el día tenga 24 horas (que tampoco los tiene).

No hay que hacer nada, ni gastar nada. Simplemente escuchar, música, los sonidos que te rodean, una conversación.

Dejarse llevar por los sonidos sin pedirles absolutamente nada a cambio.

“And I don`t understand why I sleep all day
And I start to complain that there`s no rain
And all I can do is read a book to stay awake
And it rips my life away, but it`s a great escape
escape…escape…escape…

All I can say is that my life is pretty plain
You don`t like my point of view
You think I`m insane
Its not sane…it`s not sane”2


1Brenda Ueland escribió un interesantísimo libro llamado “The art of listening”
2Blind Melon – No Rain 1993.

Foto de portada: Ed Uthman – Yes Music in the Amphitheater, 1970