Este post es parte de la serie titulada: Habitando la Mente

Otros post de esta serie:

  1. Nuestro cuerpo nunca permanece inmóvil
  2. El sonido de nuestra respiración.
  3. Ser conscientes del ritmo que nos rodea. (Current)
  4. Darnos un respiro.
  5. El silencio.

Habitando la mente” es una nueva sección del blog de radio-arte.com que se encuentra relacionada con el libro digital “Habitando el Sonido – cuaderno de ejercicios para la escucha”

En esta sección que tendrá lugar una vez por semana denominada “Habitando la Mente” se realizarán algunos ejercicios de relajación a través del sonido para que quien quiera pueda realizarlos sin mayores inconvenientes. Son ejercicios fáciles que tienen como objetivo proponer una mirada diferente acerca de nuestra relación con el sonido, nuestras percepciones y nuestro cuerpo.

Los post estarán conformados de un pequeño artículo junto con un audio con los ejercicios. Recomiendo escuchar el audio en un ambiente relajado, con luz tenue o al aire libre. Todos los ejercicios pueden realizarse en solitario o acompañado.

Ser conscientes del ritmo que nos rodea.

Si nos fijamos todo tiene un ritmo, nuestra respiración se encuentra marcada por un ritmo, el latido de nuestro corazón, el pulso. Si miramos un poco más allá, en todo lo externo a nuestro cuerpo también existen diferentes formas del ritmo que nos acompañan.

El ritmo del titilar de la luz, el ritmo de los motores, el ritmo del viento, de una escoba barriendo la calle.

Después de determinados minutos de observación todo comienza a adquirir un ritmo. Primordialmente el ritmo lo sentiremos a través del sonido, sin embargo se expresa también de otras formas .

Entender esos otros ritmos, quedarse quietos por un instante y observar cómo se van desarrollando puede ayudarnos a cambiar nuestro propio ritmo. A descansar ciertas tensiones, a dar paso a nuevas ideas.

Los ritmos tienen algo en particular; se incorporan, se contagian. El poderoso sonido de un tambor puede hacer entrar en transe a un chamán, desplegar todo el cuerpo de una bailarina, hacer cantar a un grupo de personas, marcar el latido del corazón de una multitud de gente.

Es el ritmo de las cosas muchas veces lo que nos convoca: el sonido del tren sobre los rieles, el sonido de la lluvia, el del mar. Muchas veces es el ritmo de las cosas lo que nos desorienta, principalmente cuando no sincronizamos el ritmo exterior con nuestro ritmo interno.

Este tipo de desincronización nos produce ansiedad, una cierta incomodidad.

No es fácil entender el ritmo de las cosas porque cada cosa, cada ambiente suele tener un ritmo distinto y cambiante. Sin embargo aunque en un primer momento esos ritmos que nos rodean parezcan estar absolutamente desincronizados, si nos detenemos a observar notaremos que por separado cada sonido tiene un ritmo distinto pero en su conjunto existe un pulso interno que respeta un solo ritmo.

Haga usted la prueba en un ambiente al que considera ruidoso, siéntese a escuchar. En un principio usted escuchará los sonidos por separado, podrá identificar cada uno de esos sonidos y el ritmo que los acompaña; pero si usted se queda unos minutos observando notará que ciertos sonidos se repiten y comenzará a encontrar el ritmo de ese espacio que usted está habitando en ese instante.

Cuando realizamos este tipo de ejercicios lo que estamos haciendo es permitir que nuestro cuerpo, con su propio ritmo, se acomode y se sincronice con el ritmo externo del ambiente en el que estamos. Esto provoca que nuestro cerebro reciba de otra forma la información proveniente del entorno. Estamos dando tiempo para que nuestro cerebro y nuestras percepciones recojan la mayor información posible acerca del lugar en el que nos encontramos, esto hace que; por ejemplo, sonidos que en un momento pueden ser una señal de alerta, el cerebro los identifique como parte del paisaje sonoro.

Nuestro cerebro (si simplificamos sus procesos) se rige entre dos luces como un semáforo: una luz alertas sobre posibles peligros, la otra otorga información acerca de espacios o situaciones seguras. Cuando escuchamos un sonido de alerta nuestro corazón late más rápido, nuestros sentidos se agudizan, nuestra respiración cambia.

Imagínese el lector poder otorgar a nuestro cerebro el tiempo apropiado para adaptarse a una situación o lugar, sin que tenga que realizar otros procesos, sólo el proceso de observar con todos los sentidos. En este caso el cerebro tendrá suficientemente tiempo para descifrar si un sonido es una señal de alarma o si sólo pertenece al medio ambiente; cuando el cerebro interpreta estos sonidos como parte del paisaje sonoro se ahorra la situación de alarma de todo nuestro cuerpo.

Nuestro cerebro está constantemente analizando e interpretando el paisaje sonoro circundante en busca de peligros. Darle la posibilidad de reconocer el lugar en el que se encuentra sin tener que estar pendiente de otros procesos, para entender el ritmo del lugar, puede ayudarnos a sentirnos mucho más cómodos y distendidos frente a cualquier tipo de situación.

Un recomendación; si usted se encuentra en una oficina o en un lugar cuyo sonidos siente que lo alteran o que lo ponen nervioso haga la prueba, quédese unos minutos en silencio, escuche el paisaje sonoro que lo rodea y notará inmediatamente la diferencia. Como esos sonidos se vuelven ritmos y como usted se acostumbra a esos ritmos.

Estos ejercicios son simples y nos ayudarán a destensarnos, a corregir la postura de nuestro cuerpo y a estar predispuestos a practicar una escucha profunda.

 


 

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