Este post es parte de la serie titulada: Habitando la Mente

Otros post de esta serie:

  1. Estar acompañados.
  2. Los pies.
  3. Todo un día de silencio. (Current)
  4. Centrar la mente.
  5. Focalizar la mente.

[dropcap letter=”“H” shape=”square”]abitando la mente” es una sección del blog de radio-arte.com que se encuentra relacionada con el libro digital “Habitando el Sonido – cuaderno de ejercicios para la escucha”[/dropcap]

En esta sección tiene lugar una vez por semana “Habitando la Mente” donde se realizan algunos ejercicios de relajación a través del sonido para que quien quiera pueda realizarlos sin mayores inconvenientes. Son ejercicios fáciles que tienen como objetivo proponer una mirada diferente acerca de nuestra relación con el sonido, nuestras percepciones y nuestro cuerpo.

Los post estarán conformados de un pequeño artículo junto con un audio con los ejercicios. Recomiendo escuchar el audio en un ambiente relajado, con luz tenue o al aire libre. Todos los ejercicios pueden realizarse en solitario o acompañados.

Todo un día de silencio.

La práctica del silencio es habitual en diversas religiones. Sin embargo esa práctica suele estar enfocada en guardar silencio para entablar una relación con el pensamiento interior o con los sonidos que nos rodean.

Pero esta práctica es difícil de poner en práctica para mí (valga la redundancia) desde éste punto de vista, así que decidí interpretarla desde otro ángulo.

Todo un día de silencio.

No ya para entablar una relación con el pensamiento interior o con los sonidos externos, sino para atender a todos esos sonidos que entran casi en automático en nuestra vida, casi sin darnos cuenta, sin pedir permiso.

En esta práctica uno hace silencio para estar más atento a los sonidos que de alguna manera incorpora a su vida cotidianamente, no son sonidos que nos rodean, sino que nosotros incorporamos adrede a nuestra vida.
El sonido de la música, de la computadora al encenderse, del timbre del teléfono, de la serie de televisión vista a última hora de la noche, el sonido de la cafetera, de las notificaciones, del timbre de la puerta, del despertador.

¿Cuántos de estos sonidos podemos acallar?¿Cuántos de estos sonidos realmente son necesarios?

¿Qué nos aportan estos sonidos en datos e información?

La primera vez que realicé este simple ejercicio (estar en silencio para prestar atención a los sonidos que están en automático en mi vida) me dí cuenta que uno de los primeros sonidos que estaba en automático y frente al que mi cerebro se había acostumbrado a reaccionar era el sonido del despertador. Sonido irritante si los hay.

¿Era realmente necesario este sonido? ¿No había otra forma o método de informar a mi cuerpo de que tenía que despertar? Después de prestar atención y probar varios métodos me dí cuenta que podía cambiar ese aviso sonoro por otro menos irritante y que estaba presente en el paisaje sonoro circundante: La campana de la iglesia.

La campana de  una iglesia cercana aunque se escuchaba lejos, nunca era la suficientemente fuerte como para despertarme, así que tuve que acostumbrar a mi cuerpo a que reaccionara frente aquel nuevo sonido con todas sus dimensiones. Al principio me costó, pero de a poco fui agudizando los sentidos para reconocer el sonido de la campana. En un principio me sucedía que ante la inquietud de quedarme dormida me despertaba minutos antes de que sonara la campana, despúes con el tiempo mi cerebro entendió que era el sonido (como ocurría con el despertador) lo que producía la información de que ya era hora de levantarse; y no la preocupación por quedarme dormida lo que debía activar a esa información.

Hace poco volví a realizar esta práctica y ocurrió que uno de los sonidos que casi automáticamente se había metido en mi vida por las mañanas (y en la vida de las personas que me rodean) era el sonido del encendido de mi computadora (sonido prescindible si los hay) sin embargo por uno u otro motivo me había acostumbrado a tenerlo. Me dí cuenta que era uno de los primeros sonidos que escuchaba por la mañana. Casi en automático lo primero que hacía era encender la computadora y luego hacer la rutina de limpieza de cara, dientes, etc. Primero estaba el sonido de Windows y luego el sonido del agua del grifo; obviamente decidí optar por mantener tan sólo el sonido del grifo.

En esta última práctica me percaté de la cantidad de sonidos, notificaciones , etc. que aunque eran posibles de desactivar no los había desactivado y formaban  parte de mi vida cotidiana, casi sin darme cuenta, como sonidos de fondo.

Comencé (despúes de todo un día de silencio) a ser más precavida con este tipo de sonidos, a dedicarle el tiempo necesario para contestar la simple pregunta ¿Realmente me son necesarios? ¿Qué información están aportando a mi cerebro?

Los sonidos  que se generan de forma automática, suelen encontrarse a decibelios bastante altos y es por eso que nuestro cerebro los interpreta (como la alarma del despertador, el timbre del teléfono, etc). Al acallar estos sonidos  sucede algo interesante; nuestro cerebro comienza a prestar atención a otros sonidos que se encuentran a decibelios mucho más bajos y que suelen tener una información más rica en frecuencias. Comienza a responder a los sonidos que le son más agradables en intensidad y tonalidad.

Todo un día en silencio.

La propuesta es simple, no se trata de no hablar o de no hacer sonidos. Todo un día en silencio se trata de estar alerta durante todo un día a todos esos sonidos automáticos a los que respondemos automáticamente. Se trata de preguntarnos qué es lo que nos sirve de ellos y de tomarnos el tiempo para desactivarlos y/o reemplazarlos.

Parece tonto pero es un cambio de rutina interesante, un cambio de paisaje sonoro que es probable que no sólo te afecte a ti, sino también a quienes te rodean.

¿Estás dispuesto a realizar el ejercicio?


 

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