[dropcap letter=”P” shape=”square”]odría parecer tonto. Pero hoy hablábamos de lo bonito. De la necesidad de la belleza.[/dropcap]

Pero no de una belleza superficial, ni de la belleza interior. Sino de la belleza que hay en las cosas simples que nos rodean, de la belleza que rodea lo cotidiano y lo simple. Es imposible, por lo menos para mí, escribir estas palabras sin pensar que uno puede caer sin más en el ridículo del entusiasmo sin sentido.

Estábamos hablando de la exposición, de exponerse uno como es; de lo que supone eso en los medios, lo que supone escribir estas palabras sin conocer a quien las lee. De la necesidad de escribir y de la necesidad de leer. De que estamos ávidos por cosas bellas, de que otros muchas veces nos señalan la belleza de cosas que uno mira casi al pasar. De que en los países nórdicos parece haber una belleza pulcra, del blanco y del orden. De la nieve que lo tapa todo. De que en este lado del mundo, la belleza se esconde entre gallos, tierra, selva, colores, negros, marrones, rojos y azules. No tenemos la belleza de lo pulcro, de lo uniforme. Nuestras tierras rebosan de una belleza distinta, mezcla de desorden y gritos. De calor aún en pleno invierno.

A media tarde salimos con mi vecina, una señora de unos 70 años, a discutirle a otro vecino que no tirase la basura en la esquina de nuestro barrio. Doña Carlota, así se llama ella. Defiende la pulcritud de nuestras calles de tierra y adoquines. Yo salgo a defenderla con ella porque me parece un gesto lindo, porque me acostumbré a salir a barrer la calle de tierra y hojas por la mañana aunque nadie se percate de la diferencia entre lo sucio de la tierra y la tierra sucia.

Salgo buscando el frío que pega en mi cara, los sonidos de los pájaros que sólo a tempranas horas de la mañana se escuchan, salgo a ver las ardillas que se pasean por los árboles y los rascan, salgo tratando de descifrar ese extraño sonido que no es un pájaro pero tampoco una máquina y que suena sólo a esa hora de la mañana casi madrugada. Salgo porque me gusta encontrarme con Doña Carlota y porque es imposible quedarse indiferente a su vozarrón cuando saluda a quienes pasan. Es como formar parte de una pequeña cofradía de botas de goma negra, de escobas destartaladas, de voces y saludos.

La secuencia de la barrida de la calle de tierra dura tan sólo unos 20 minutos, después todos regresamos a nuestras casas, salimos al trabajo, continuamos con nuestra vida, como si nada.

Hablábamos de la belleza y yo no podía dejar de pensar en la botas de Doña Carlota. En los aros que le regalé para navidad y que le quedaban hermosos junto con las botas de goma negra, combinación que cualquier vidriera de actualidad envidiaría. Ella, sus pantalones de jean arremangado, los aros, las botas, la escoba y su sonrisa.

Hablar de la belleza, teniendo días para casi todo. Festejando la cosas más ridículas. Quizás servirían estos días para festejar cierta belleza de lo simple, de lo que nos rodea, de lo que somos. La belleza de la imperfección de las cosas.

En vez de felices fiestas. Felices miradas. Encontrar una hoja, una foto vieja, un pequeño dibujo, una pequeña piedra, un palo, una escoba, un sonido. Algo de todo eso que nos rodea y que si miramos desde otro ángulo le encontraremos la belleza. La belleza de lo simple, de lo cotidiano.

Foto portada: George Eastman House Collection