[dropcap letter=”M” shape=”square”]e levanto con el sonido de las campanas a lo lejos, conservo en mi memoria el sonido de un camión de basura en pleno invierno, el sonido de una cafetera eléctrica, los rieles de un metro.[/dropcap]

Todos guardamos un cúmulo de sonidos en nuestra memoria que se activan como se activa algo dentro de nosotros con el olor a pan recién horneado cuando pasamos cerca de una panadería.

Hay sonidos que como los olores son complejos; no por su complejidad sonora, tímbrica, rítmica sino por la complejidad de recuerdos que despiertan en nosotros.

El sonido de las papas fritas, del agua caliente cayendo de la ducha, de la respiración de alguien conocido, del viento moviendo las hojas en otoño.

Son sonidos pequeños, cuasi minúsculos que encierran mundos conocidos, tan intactos cómo una foto que despierta en nosotros sentimientos muy particulares.

Me quedo recordando un rato y viene a mí el sonido de la campana del colegio, del bar frente a la facultad, del negocio de fichines, de aquel nocturno pool/billar. Viene a mí el sonido de las turbinas de un avión, del encendido del motor del auto de mi abuelo.

Hay sonidos sin embargo que no están relacionados con un recuerdo en particular pero que por alguna razón duermen en nuestra memoria y se despiertan cuando los reconocemos.

El sonido de un foco de luz estrellándose contra el suelo, pasos en un pasillo largo, una ventana que se abre de repente, un estornudo, la brusca frenada de un auto y la consiguiente puteada. Una puerta que se cierra, el paso del tren, la vibración de un teléfono, el ladrido de un perro, un grillo, una pastilla efervescente, el agua con espuma, un bostezo.

Son sonidos que ahí están instalados en nuestra memoria, los compartimos como sociedad, no dicen nada de nosotros y lo dicen todo. Sabemos de lo que nos están hablando sin siquiera escucharlos.

No hace falta grabarlos porque ocurren constantemente, aunque es cierto que de vez en cuando cambian y cada vez cambian más rápido. Sin embargo ahí están, nos pertenecen, pertenecen a nuestro tiempo, a nuestra cultura, a lo que somos. No terminan de ser paisajes sonoros, no tienen la complejidad de un paisaje, son simplemente sonidos.

La maquinita de afeitar, las teclas de la computadora, un lápiz que se cae y rueda, el botón rojo del joystick cuando se destraba, la ropa enroscada en una lavadora.

Los grabamos y reproducimos. Las grabaciones de este tipo de sonidos se utilizan para crear paisajes sonoros complejos. Videojuegos, películas, programas de radio, música, ringtones, etc. Todo esto lleva el sello de millones de estos minúsculos sonidos que en nuestra cotidianeidad pasamos completamente por alto.

Cada sonido pertenece a un momento del día, un momento específico de nuestra vida. La lavadora no se enciende a las tres de la madrugada, como el sonido de la fritura de las papas fritas no aparece a las seis de la mañana todos los días. Dependiendo de lo que uno hace, de dónde vive, de la rutina particular de cada quien, los sonidos le pertenecerán de forma diferente, en diferente orden, con diferente duración.

Esos sonidos nos habitan y nosotros los habitamos. Son la fuente de inspiración de cualquier música, forman parte de un ritmo particular, de un diseño sonoro de nuestro tiempo.

Los sonidos cotidianos son como una flor silvestre cuya hermosura puede pasar desapercibida.

Apago el calentador y me cebo un mate, el sonido áspero de la bombilla en la yerba hace finalmente que me despierte.

 

Ilustración: Gladiolus  Watsonius – P.J Redouté – Les liliacees